Vísperas
Hasta ayer instalaron confesiones
y ofertas en el living de mi alma /
tomaría una caña pero hay veda
de paciencia pronósticos y alcohol
he de reflexionar porque mañana
deberé elegir como un daltónico
entre todas las flores del pincel
entre los buitres y los heminópteros
entre la salamandra y el tatú
creo que finalmente votaré
por la sabia orientación de las aves
por la benevolencia de la lluvia
y el sentido de humor de los delfines
votaré / si me dejan / por la suerte
por los tímidos pechos que se esconden
y los pechos alegres que convocan
por las huellas del solo y también por
las ovejitas negras y por la mosca blanca
por los indios de chiapas y por juan veintitrés
y después de pesar los pros y contras
votaré por la vuelta de mambrú
por el río de heráclito
y la trucha de schubert
votaré por melchor y alí babá
por venus y espartaco
y una vez concluido el escrutinio
fruto de leyes bulas providencias y ardides
democráticamente acataré
el fiel caleidoscopio
de mis nuevas y queridas derrotas.
Mario Benedetti. Tristezas y Alegrías, 1994
miércoles, octubre 28
domingo, julio 26
—¡Santa Madonna! ¿Por qué gritan estos locos? ¿De qué se asustan? ¿No comprenden todavía que este mundo es un bochinche desde que Adán y Eva le hicieron a Dios aquella porquería en el Paraíso?
Regresaba luego a su cuartito, encendía su lámpara de querosén, y puesta de codos en su mesa temblequeante hojeaba la Biblia de letras gordas y papel amarillento que había traído de Italia y salvado heroicamente de todos los desastres, junto con aquella estampa de Nuestra Señora de Loreto que presidía su cabecera y aún conservaba su marco aldeano de latón. Con la mirada turbia y a favor del silencio nocturno, Cloto leía en el Viejo Testamento la paciencia de Dios y la locura de los hombres: historias de amor y odio, virtudes admirables y vicios tremendos, alegrías patriarcales y llantos de miseria, terremotos y diluvios, pestes y masacres desfilaban ante sus ojos, como las figuras cinematográficas que había visto cierta vez en el «Rívoli» de la calle Triunvirato gracias a una invitación de doña Carmen, la española del fondo. Pensando en esas cosas la vieja cerraba lentamente aquel libro temible, y se decía que sin duda el mundo siempre había sido un batifondo, y que lo seguiría siendo hasta el Juicio Final, aunque se desgañitasen los oradores de las esquinas. Por otra parte (y su convicción era cada vez más profunda), la vida se deslizaba como un sueño y se resolvía en un desfile de imágenes tan poco duraderas, que no sabía uno si reír o llorar. Entonces Cloto recapitulaba la suya: su niñez dura y alegre, ¡oh, sí!, en el terruño del Piemonte; su casamiento en la iglesia montañosa. Y de pronto aquel extraño viaje marítimo: un tirón brutal que los arrancaba de la tierra y los había dejado a todos con las raíces en el viento (¡Santa Madonna!. ¿Por qué y para qué?) Su desembarco en Buenos Aires y sus cuarenta y cinco años de fajina con aquellos hijos rebeldes (¡malas cabezas, los pobres!), ella lavando ropa de sol a sol, su viejo encanecido en los andamios. Después la muerte o la dispersión de todos: carnes y gestos que uno amaba, que dolían y que se le escaparon de entre los dedos, así, tan fácilmente como un puñado de arena. ¡Sí, todo como un sueño! La vieja Cloto ya no tenía lágrimas que llorar, y su escepticismo frente a lo mudable de las cosas le inspiraba un gesto reservado que no era indiferencia sino recelo y acaso sabiduría. Pero alguna visión alcanzaba ella de lo inmutable, y era cuando, al finalizar la misa de alba, se acercaba lentamente al comulgatorio de San Bernardo: le parecía entonces que no bien el oficiante levantaba la hostia blanca se desvanecía en torno suyo toda penuria y contradicción, y que algo eterno andaba por allí, algo que había sido, era y sería siempre igual a sí mismo.
Leopoldo Marechal, en Adán Buenosayres, 1948
lunes, noviembre 17
-No, no
Dijo de vuelta.
Ya el alcohol estaba haciendo efecto sobre su retorcida cabeza. Las ideas fluían como a través de un tobogán. Las palabras se amontonaban para salir todas juntas, bien rápido. Se mezclaban entre los dientes, chapoteaban sobre la lengua, saltaban y seguían saltando, cada vez más, cada vez más nuevas.
-Te digo que no. Que la pregunta no es si Dios existe o no existe. La pregunta es qué carajo nos importa a nosotros. En qué cambiaríamos nuestros pensamientos. Qué cosas dejaríamos de hacer, y cuáles seguiríamos haciendo ¿Seríamos todos buenos? ¿No nos cansaríamos, a la larga, de todo esto, y haríamos la guerra contra Dios? Si así fuese, ¿nos iríamos al infierno? ¿Le tendríamos miedo al infierno? ¿Tendríamos el coraje de preguntarle a Dios: "Para qué"? ¿Venderíamos nuestra humanidad para ganar esa paz? Y, entonces... ¿quién es Dios? ¿Algo así como un rey magnífico, un guerrero insaciable, un dictador caprichoso, un viejo sabio, un líder carismático, un buen o mal padre, un administrador de bienes?
Todos se callaron. Odiaban, un poco, cuando Gerónimo se ponía así. Lo detestaban porque lo que decía les dolía en lo más hondo.
-Yo agradezco no saber si existe o no. Porque la incertidumbre nos hace más libres. Pero si tuviésemos la certeza, de una cosa o la otra... creo que perderíamos la poca humanidad que nos queda.
Noche cerrada, de verano. Afuera los zorzales empezaban a cantar. El cielo se aclaraba lentamente. Se tornaba de negro en violáceo, después en azul profundo. En un par de horas ya sería un nuevo día.
Dijo de vuelta.
Ya el alcohol estaba haciendo efecto sobre su retorcida cabeza. Las ideas fluían como a través de un tobogán. Las palabras se amontonaban para salir todas juntas, bien rápido. Se mezclaban entre los dientes, chapoteaban sobre la lengua, saltaban y seguían saltando, cada vez más, cada vez más nuevas.
-Te digo que no. Que la pregunta no es si Dios existe o no existe. La pregunta es qué carajo nos importa a nosotros. En qué cambiaríamos nuestros pensamientos. Qué cosas dejaríamos de hacer, y cuáles seguiríamos haciendo ¿Seríamos todos buenos? ¿No nos cansaríamos, a la larga, de todo esto, y haríamos la guerra contra Dios? Si así fuese, ¿nos iríamos al infierno? ¿Le tendríamos miedo al infierno? ¿Tendríamos el coraje de preguntarle a Dios: "Para qué"? ¿Venderíamos nuestra humanidad para ganar esa paz? Y, entonces... ¿quién es Dios? ¿Algo así como un rey magnífico, un guerrero insaciable, un dictador caprichoso, un viejo sabio, un líder carismático, un buen o mal padre, un administrador de bienes?
Todos se callaron. Odiaban, un poco, cuando Gerónimo se ponía así. Lo detestaban porque lo que decía les dolía en lo más hondo.
-Yo agradezco no saber si existe o no. Porque la incertidumbre nos hace más libres. Pero si tuviésemos la certeza, de una cosa o la otra... creo que perderíamos la poca humanidad que nos queda.
Noche cerrada, de verano. Afuera los zorzales empezaban a cantar. El cielo se aclaraba lentamente. Se tornaba de negro en violáceo, después en azul profundo. En un par de horas ya sería un nuevo día.
miércoles, octubre 29
viernes, julio 25
"Me preguntó por las causas usuales de las guerras y por qué motivo un país ataca a otro. Le respondí que eran innumerables, aunque sólo mencionaría algunas de las principales. A veces la ambición de los príncipes que nunca creen que tienen bastantes tierras o súbditos para gobernar; a veces, la corrupción de los ministros que implican a sus monarcas en una guerra para disimular el gobierno deficiente. Las diferencias de opinión han costado millones de vidas; por ejemplo, cuando se disputó sobre si la carne era pan, o el pan, carne; sobre si el jugo de ciertas bayas era sangre o vino, si el silbar era un vicio o virtud; si debía besarse un madero o arrojarlo al fuego; cuál era el color más adecuado para una casaca, si blanco, rojo o gris; y si ésta debería ser larga o corta, ceñida o amplia, sucia o limpia; y otras cuestiones de esta índole. Las guerras son tanto más encarnizadas y sangrientas y duraderas cuanto que estallan por división de opiniones sobre temas generalmente fútiles."
Jonathan Swift, en Los Viajes de Gulliver: Viaje al País de los Houyhnhnms
1735
martes, julio 22
¡Qué lindos que fueron esos tiempos que ya no están, y que nunca van a volver!
Es ésto lo que me viene a la cabeza cuando voy a la casa de mi infancia. Un balcón, una biblioteca, un microondas, mis lugares favoritos, la ducha, la tele, el sol a la mañana iluminando de esa forma tan única, los olores, las sillas de pana (recientemente retapizadas), los cuadros, los proyectos. Los que fueron, y los que no fueron.
Parte de mí querría volver a esta casa y quedarse para siempre, así, de chico. Pero sé que no es la casa ni las cosas, sino los momentos, las personas, los que ya no están y los que siguen estando pero no son como eran antes. Y yo, que me extraño, que ya no soy el mismo que vivía acá, dormía en esta cama y miraba a través de esta ventana.
En algún lugar está ese pasado, así sea agarrado a remaches contra nuestras emociones. Está y va a estar ahí para siempre, pulcro, inmutable... solo que nosotros ya no vamos a poder ser parte. A veces me gustaría estar de vuelta, aunque sea por unos minutitos. Volver.
Y, sin embargo, ¡Qué lindos son los tiempos que corren! Llenos de proyectos, aventuras, emociones, ganas de hacer cosas, incertidumbres. Alegría.
Qué bueno que el tiempo pasa.
Y qué bueno que podamos extrañar un poco.
Es ésto lo que me viene a la cabeza cuando voy a la casa de mi infancia. Un balcón, una biblioteca, un microondas, mis lugares favoritos, la ducha, la tele, el sol a la mañana iluminando de esa forma tan única, los olores, las sillas de pana (recientemente retapizadas), los cuadros, los proyectos. Los que fueron, y los que no fueron.
Parte de mí querría volver a esta casa y quedarse para siempre, así, de chico. Pero sé que no es la casa ni las cosas, sino los momentos, las personas, los que ya no están y los que siguen estando pero no son como eran antes. Y yo, que me extraño, que ya no soy el mismo que vivía acá, dormía en esta cama y miraba a través de esta ventana.
En algún lugar está ese pasado, así sea agarrado a remaches contra nuestras emociones. Está y va a estar ahí para siempre, pulcro, inmutable... solo que nosotros ya no vamos a poder ser parte. A veces me gustaría estar de vuelta, aunque sea por unos minutitos. Volver.
Y, sin embargo, ¡Qué lindos son los tiempos que corren! Llenos de proyectos, aventuras, emociones, ganas de hacer cosas, incertidumbres. Alegría.
Qué bueno que el tiempo pasa.
Y qué bueno que podamos extrañar un poco.
lunes, mayo 27
Domingo noche de luna
Domingo a la noche. Escribo desde mi cuarto, donde la luz de la luna se filtra por entre las rejas de mi ventana.
Es como apretar arena entre los dedos de la mano.
La luna en Buenos Aires no es amistosa, no es grande y brillante... Acá es como si estuviese muy lejos, mucho más lejos que de costumbre: es un foquito frío, pequeño, inmaculado, un recuerdo de lo que existe más allá de estos monstruos de cemento construidos sobre el mar de asfalto
Me recuerda justamente a que hay otros lugares sin edificios ni asfaltos, donde la luna está sola alumbrando el mar verde de las pampas, o los bosques, o montañas o desiertos... Ahí los hombres son como un personaje más que viene a instituirse como actor de una obra en continuado, que estuvo y estará siempre ahí. Pasamos sin pena ni gloria.
En Buenos Aires no es nada de eso: nosotros inventamos Buenos Aires. La sacamos del mundo, porque ella se transforma en un nuevo mundo dentro de sí. La ciudad es ella, totalizadora y absoluta. Nosotros somos sus actores, pero también es cierto que seguirá estando acá mucho después de que nosotros nos hayamos ido.
La ciudad es un monstruo perfecto, un monstruo bueno. El pasto, las plazas, los árboles, la fauna bizarra, la gente, somos todos pequeños recuerdos de una naturaleza que hubo; Buenos Aires supo comerse esas realidades. Incorporarlas, quitarles su identidad y asimilarlas a sí misma: los árboles son plaza, el pasto es césped, las palomas son ratas con alas, y nosotros somos... porteños, sí, o algo parecido.
Tengo un amor trágico, una sensación ambivalente de delicia y sufrimiento con esta ciudad. Siempre he vivido acá, desde chico me incorporé a la cosmovisión porteña: la ciudad es todo, Buenos Aires es infinita, impregnada de secretos, absurda, terrible. Buenos Aires no perdona: nunca perdonó nada, y así los porteños mamamos desde el principio la tragedia que emana del asfalto, de las plazas, de la calle oscura y de la luna que sigue ahí, distante, fría, patética.
Estamos solos en este bloque de cementos. Estoy solo a la luz de la luna y de la pantalla de la computadora. A veces pienso que odio a Buenos Aires, a su gente, a su cultura, a la forma que tenemos de vivir y de esclavizarnos a nosotros mismos... o a ese Otro monstruoso en que se transformó la identidad de la ciudad creada por nosotros.
Como la mayoría fantaseé con irme. Como la mayoría vivo aterrado detrás de la elección que estoy tomando: vivir acá, ser porteño, morir porteño ¿Me convertiré en un monstruo, como todos?
Hay algo... algo de la vida que palpita en estas calles. Un motor, un sueño, un secreto que algún día voy a conocer. Buenos Aires es la madre que me dio todas las alegrías y todas las tristezas; mi destino trágico está en el camino que me lleva a morir sobre esta plataforma de asfalto, tapizada de edificios, plazoletas y avenidas arboladas. Me pregunto si lo encontraré. Me pregunto si estaré solo en la hora final.
Perdón. Me olvidaba de que, en Buenos Aires, nunca estás solo. De eso se trata el Misterio.
La vida y la muerte se cruzan en estas avenidas. En alguna encontraré la respuestas. Como he encontrado otras cosas, en las mismas calles, bajo el mismo cielo de metal.
Vivir acá también es como apretar arena entre los dedos.
Lo importante es que sigue siendo una elección... ¿O no?
Es como apretar arena entre los dedos de la mano.
La luna en Buenos Aires no es amistosa, no es grande y brillante... Acá es como si estuviese muy lejos, mucho más lejos que de costumbre: es un foquito frío, pequeño, inmaculado, un recuerdo de lo que existe más allá de estos monstruos de cemento construidos sobre el mar de asfalto
Me recuerda justamente a que hay otros lugares sin edificios ni asfaltos, donde la luna está sola alumbrando el mar verde de las pampas, o los bosques, o montañas o desiertos... Ahí los hombres son como un personaje más que viene a instituirse como actor de una obra en continuado, que estuvo y estará siempre ahí. Pasamos sin pena ni gloria.
En Buenos Aires no es nada de eso: nosotros inventamos Buenos Aires. La sacamos del mundo, porque ella se transforma en un nuevo mundo dentro de sí. La ciudad es ella, totalizadora y absoluta. Nosotros somos sus actores, pero también es cierto que seguirá estando acá mucho después de que nosotros nos hayamos ido.
La ciudad es un monstruo perfecto, un monstruo bueno. El pasto, las plazas, los árboles, la fauna bizarra, la gente, somos todos pequeños recuerdos de una naturaleza que hubo; Buenos Aires supo comerse esas realidades. Incorporarlas, quitarles su identidad y asimilarlas a sí misma: los árboles son plaza, el pasto es césped, las palomas son ratas con alas, y nosotros somos... porteños, sí, o algo parecido.
Tengo un amor trágico, una sensación ambivalente de delicia y sufrimiento con esta ciudad. Siempre he vivido acá, desde chico me incorporé a la cosmovisión porteña: la ciudad es todo, Buenos Aires es infinita, impregnada de secretos, absurda, terrible. Buenos Aires no perdona: nunca perdonó nada, y así los porteños mamamos desde el principio la tragedia que emana del asfalto, de las plazas, de la calle oscura y de la luna que sigue ahí, distante, fría, patética.
Estamos solos en este bloque de cementos. Estoy solo a la luz de la luna y de la pantalla de la computadora. A veces pienso que odio a Buenos Aires, a su gente, a su cultura, a la forma que tenemos de vivir y de esclavizarnos a nosotros mismos... o a ese Otro monstruoso en que se transformó la identidad de la ciudad creada por nosotros.
Como la mayoría fantaseé con irme. Como la mayoría vivo aterrado detrás de la elección que estoy tomando: vivir acá, ser porteño, morir porteño ¿Me convertiré en un monstruo, como todos?
Hay algo... algo de la vida que palpita en estas calles. Un motor, un sueño, un secreto que algún día voy a conocer. Buenos Aires es la madre que me dio todas las alegrías y todas las tristezas; mi destino trágico está en el camino que me lleva a morir sobre esta plataforma de asfalto, tapizada de edificios, plazoletas y avenidas arboladas. Me pregunto si lo encontraré. Me pregunto si estaré solo en la hora final.
Perdón. Me olvidaba de que, en Buenos Aires, nunca estás solo. De eso se trata el Misterio.
La vida y la muerte se cruzan en estas avenidas. En alguna encontraré la respuestas. Como he encontrado otras cosas, en las mismas calles, bajo el mismo cielo de metal.
Vivir acá también es como apretar arena entre los dedos.
Lo importante es que sigue siendo una elección... ¿O no?
miércoles, marzo 13
viernes, enero 4
¿Libertad de expresión?
Los que no tenemos libertad de expresión somos nosotros, los jóvenes "zurdos".
Porque cada argumento que damos, cada idea que surge de nosotros es duramente reprobada por los viejos sabios y estériles. Ellos saben muy bien que cualquier aflujo de esperanza, intenciones de cambio, delirio revolucionario y utópico será absolutamente infructuoso y derroche inútil de energía. Nada mejor que dejar las cosas como están, que todo siga igual de bien y pasarla lo mejor posible. Y mientras tanto joder al otro por su voluntad de cambio.
Saben mucho esos viejos. Y saben dar buenos consejos.
Mi deseo para el año que entra: que se vayan a la puta madre que los parió. Todos.
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